A calcetín quitado.
No sé bien cómo abordar este tema. Es desagradable, delator, tenso. Bien, al chile, ayer fui al pedicurista, al mismo que he ido desde que era bailarina de ballet. Si, su locutora o escritora o lo que sea yo para ustedes, así como es de guarra y viciosa, dedicó 15 años de su vida al ballet clásico, lo cual implica, no como ustedes piensan velos de tul, lago de los cisnes y giros en el aire, sino uñas encajadas y moradas, dedos sangrantes, juanetes y desagradables callos. Mi madre con su imperativo y estruendoso tono de voz alguna vez me dijo “VE CON EL VIEJITO, ES MUY BUENO”, se refería a cierto pedicurista, y yo fui. He de mencionar que ese viejito era viejito hace diez años. Sin embargo, te deja los pies de princesa, sin una sola molestia y hasta te hace masaje en los pies con un aparato que vibra.
Como bien lo relaté hace unas semanas, he iniciado actividades en el gimnasio, el gym guey, y sentía “cierta molestia” en uno de mis ya bastante bailados dedos. Sin embargo, cada noche al pensar en ir al pedicurista me llenaba una sensación de ansiedad. No sabía, en ese entonces en qué radicaba, ya que es una visita mucho menos desagradable que ir al dentista o a otro doctor. Finalmente me decidí a ir . Entonces, y solamente una vez llegada al recinto de los pies dolientes, entendí porqué la ansiedad. El lugar, de entrada, huele a muerto, no a patas, sino a muerto conservado en formol y yodo. Después te pasan a una siniestra salita con un sillón de vinil en el que te recuestas después de haberte quitado los zapatos y los calcetines. Al ver la decoración sentí escalofríos. Un cuadro instructivo y por demás aterrorizante cuyo título es “Soft tissues of the foot” en el que hay fotos de los tejidos internos del pie que más que el pie de un ser humano parece la mano podrida de Obregón, la boca de la momia de la película La Momia, el tejido correoso de la que está hecho el fauno de Del Toro.
No sé porqué estoy aquí. En mi mente las palabras de mi mamá “Ve con el viejito” Lo que no sabría hoy en día mi mamá es que el viejito ya es algo más. Aparece detrás de unas enormes gafas oscuras de sol color morado, es una moda tan longeva que ni siquiera ha regresado, osea los lentes no son ni siquiera retro. Abre una bolsa de instrumentos punzocortantes que seguro han estado ahí desde su infancia, toma mi vulnerable pie, toma la sierra (porque ESO no es un cortaúñas) y noto con terror cómo al superviejito calacoide le tiembla el pulso. Ni pedo, pienso, desangramiento por el pulgar. Trato de distraerme viendo los cuadros pero descubro mapas del pie con términos como Glándula ungueal, fíbula e hiponiquio (los tengo apuntados en un baucher que traía en la cartera). Nada sirve para calmar mi ansiedad. De fondo musical en algún radio que aún tiene pilas Rayobac, Lithium de Nirvana ¿porqué? no sé, no es algo que pueda comprender racionalmente.
No sé si sea un padecimiento personal, pero neto no soporto la sensación de que alguien esté hurgando con tanta fuerza y con tan mal pulso mis patas. Chingada madre me quiero ir. Cuando veo que “el Fauno” toma una especie de taladro, decido tomar el libro que llevaba conmigo y tratar de escapar de la sala con luz de neón. Qué tragedia, es el libro de Eduardo Casar, su libro de poesía, qué mala jugada. Mi poeta más entrañable, mi maestro, mi padrino del cual voy a hablar en mi próximo post, poetizando acerca de las olas y las rosas y el ser y yo siendo ultrajada en un cuarto que huele a morgue. Al Fauno, lo juro, se le va de control del taladro-lima-uñas, roza mi encogido pulgar y la broca se enreda profundamente en su guante de plástico rompiéndolo y haciéndole hacer un coraje. Maldita sea la hora en la que recordé las palabras de mi madre.
Un guante, una uña enterrada e infinitos minutos de tensión después, el viejisisiísimo me habla por primera vez con una voz contundente, sin una sola insignia de perversión y en tono muy profesional refiriéndose al masaje relajante de pies con el que culmina la experiencia “¿Quiere vibrador?”
No gracias, contesto
Aunque por mi sucia mente pasó decirle “¿Apoco notó que andaba yo muy tensa?”
*Arreola, después de que me mencionaste en tu mail de despedida, salgo con esta mamada…..te vamos a extrañar.















