Por Susana Tamayo.
Siempre que tengo oportunidad de salir de viaje, aprovecho las horas en el avión para pensar un poco y aunque llevo la bolsa llena de gadgets para entretenerme, siempre termino quedándome dormida o si la peli que pasan está buena, pues la aprovecho también, porque la comida no siempre es la más rica como para dedicarle demasiado. Bueno, la cosa es que me salió una visita a Nueva York, y si bien pensé que ya no me emocionaría demasiado la idea, me tragué todas y cada una de mis palabras, porque sigue siendo “la capital de mundo”, sigue arrebatándome suspiros y retando mi capacidad de asombro. El objetivo de mi visita fue de trabajo, la agenda, como siempre se veía apretada y con pocas oportunidades para escapar hacia las calles de la gran manzana, pero uno siempre se las arregla para sacarle provecho a esos pequeños momentos.
Así es que decidí salir a caminar, pasar por los lugares por los que ya alguna vez había pasado, recordar algunos otros y visitar la tienda Apple en la Quinta Avenida y la 59. No podía irme de ahí sin echarle un vistazo. Tengo que confesarles, me duelen las piernas a morir, caminé, caminé y caminé. El tiempo apremiaba, tenía que estar de vuelta al hotel a la 1:30 de la tarde, esperar un taxi y salir hacia el aeropuerto para regresar a México. Pero mi objetivo era claro, quería ver la Apple Store, no podía irme sin hacerlo.
Mientras seguía mi maratónico camino que corría desde la calle 34 (nomás para aclarar y para los que no conozcan Nueva York, la calles son larguísimas, entonces cuando dices a 5 cuadras, son como 10 normalitas), pensé, ¿por qué demonios quieres ir tan lejos?, ¿por qué no mejor te paras en una tienda y compras cosas? Mis respuestas fueron variadas, entre ellas, no quiero gastar, demonios. El caso es que seguí caminando hasta que por fin ahí estaba: el cubo de cristal con una manzana blanca en medio. Una sonrisa apareció en mi cara, bajé las escaleras y ahí frente a mi, un bodegón blanco, caluroso, atascado de personas sedientas de Mac. Me acerqué a un individuo y le dije, oye, tengo un problema con mi MacBook. Me miró con ojos inquisidores y me contestó: “no puede ser”. Sí, si puede, la compré haces tres meses, y al segundo comenzó a hacer random shut down, con pila, sin ella, conectada a la corriente, a todas horas y sin avisar. Creo que mi presencia no fue bienvenida en la minimal y súper fashion Apple Store. Yo sabía que no podían hacer nada, porque ni siquiera llevaba conmigo la computadora, está en un centro de servicio desde hace 3 días y no tienen ni la más remota idea de qué pasa con ella, pero no sé, creo que esa necesidad loca de llegar a “la tienda”, era sólo para compartir con algún mac freak mi frustración. Y bueno, verla en persona, para que nadie me contara. (Ya le dedicaré otro espacio al asunto este del random shut dow en las MacBook, porque está pasando, hay un sinfín de blogs y foros donde los usuarios han puesto sobre la mesa el problema, y créanme, no está para nada padre).
Después del caso mac, salí de regreso al hotel, miré de reojo Central Park y me dije, debería quedarme un par de días más, pero era imposible, debía seguir caminando. Ahora de regreso hacia la 43 y Times Square. Cuando uno camina solo entre una vorágine de personas que se mezclan no sólo en aspecto sino en raza, cultura, atuendo e idioma, pareciera una gran zoológico humano, donde miras, pero no observas, donde se cruzan “excuse me”, “sorry”, “do you have a lighter?”, en modo random, sin siquiera pensar más allá. Y lo que pasa es que hay una gran diferencia cuando vas con otra persona que cuando andas solo por una ciudad ajena a ti. Porque te sumerges en una onda mucho más introspectiva, te pruebas ti mismo muchas cosas, como caminar por una ciudad que es abrumadora, individualista y ruda, no porque el DF no lo sea, pero es tu ciudad, tú sabes como funciona.
En fin, continuo, llegué la hotel, tomé mi maleta y esperé el auto que me llevaría al aeropuerto. Todo iba caminando normal, te documentas, muestras tu pasaporte con esa foto terrible en la pareces pez o maleante de poca monta, te diriges hacia la sala indicada, haces una última parada por el duty free para comprar el perfume de nombre exótico que te encargó tu mamá y te sientas a esperar el abordaje. Te subes al avión, buscas el lugar, te acomodas, agandallas mantita, almohada y a dormir. El vuelo bien, y al llegar a México, pasas por migración, te dan la bienvenida (detalle agradable) y corres a la banda número 14 por tu maleta… una maleta, dos maletas, tres maletas, diez maletas y nada que la mía nomás no aparecía, y nunca apareció. Llegué yo, pero no llegó mi maleta. Cansada, con dolor de piernas y una tortícolis de los mil demonios, caminé al mostrador de la línea aérea. “Oiga no está mi maleta”. Pues no, no llegó, ya no hay más equipaje, pero deme sus datos y llame mañana. “Oiga, pero, y entonces”. Nada, aquí está su número de reporte y los teléfonos, llame mañana. Creo que el cansancio a eso de las casi 10 de la noche ya no te permite enojarte demasiado, ¿qué podía hacer? Nada, no valía de nada enfurecerme y gritonearle a un tipo que no aparecería por arte de magia mi maleta. Así es que me di la vuelta y pasé por la aduana con mi bolsa, mi chamarra ah y otra bolsa con los encargos del duty free, que incluían un paquete gigante de toblerones.
Hasta el momento sólo sé que mi maleta se quedó en Nueva York, y que eventualmente me la devolverán. Algo me dice que una parte de mí no quería regresar y no lo hizo, se quedó allá, con Manny un latino que me prestó su encendedor para fumarme un cigarro afuera del hotel (porque todo Nueva York es ciudad de no fumar dentro de los establecimientos), con Andy un negro de Harlem que me confundió con una argentina, y con otro tipo que me encontré allá. Ah, eso no se los conté, pero viví algo así como un “New York minute”, y no me refiero a la película esa de las hermanas anoréxicas Olsen, sino más bien, a un escena salida como de Sex and the City (y no por el sexo, aclaro), donde te encuentras a miles de kilómetros de distancia con una persona que hacía mucho no veías, y algo pasa, un click, una descarga de química brutal te golpea el cerebro y de pronto sientes que tus pies dejan de pisar la tierra. ¿Cómo era posible que en México teníamos meses de no saber nada el uno del otro y de pronto, bum, nos encontramos en Broadway? Fue intenso y… no sé, no creo que existan palabras suficientes para describirlo. Sólo sé que a pesar de la agenda apretada, de las caminatas brutales, de la pesadez de un vuelo internacional y de mi maleta con voluntad propia… Nueva York tiene algo que se te queda pegado al cuerpo, que no hay manera de evitar, tal vez haber llegado allá un 11 de septiembre hizo la diferencia.