El martes pasado fui a la Universidad del Nuevo México en Tula, Hidalgo, para participar en una conferencia dedicada a la industria musical. Junto conmigo también iban algunos viejos conocidos como Mark Aanderud (extraordinario pianista mexicano), el señor González (percusionista conocido por su trabajo con Botellita de Jerez y por ser dueño de discos Antídoto) y Erik Montenegro (locutor de Horizonte Jazz, en el IMER), lo mismo que Magos Herrera, Malena Durán y Elizabeth Meza (cantantes) y Bernardo Yancelson (dueño de la disquera Global E. y distribuidor de discos Putumayo).
La experiencia fue más que grata pues, a pesar de que la asistencia de público no fue la que se esperaba, muchos alumnos de comunicación y diseño pudieron enterarse de algunos avatares que los músicos vivimos frente a disqueras, medios y piratería. El título del encuentro me gustó: “Música para todos y cada uno”.
Así se habló de la poca renovación de la gente en los sellos transnacionales, del compadrazgo entre éstos y las radiodifusoras, de la poca creatividad para promover proyectos emergentes, de la apatía de la policía para atender el tráfico de piratería, etcétera… Todos de acuerdo, las visiones se integraron y arrojaron resultados sabrosos para quienes estuvimos ahí.
Por eso y atentando contra toda lógica de brevedad, les voy a poner aquí abajo algunos FRAGMENTOS de mi presentación, con el afán de que pasen la voz. Se pueden leer por separado o de corrido, aunque tuve que dejar fuera los ejemplos y las propuestas específicas de cada caso. // Alonso Arreola // alonso@dixo.com
Música para todos y cada uno
Buenas tardes. Antes que nada quiero dar las gracias a Carlos Vázquez por invitarme hoy, pero sobre todo por su entusiasmo e interés en difundir esa “otra música” que tanto bien le hace al cerebro y al espíritu. Gracias a ustedes también por venir, y a la Universidad del Nuevo México por darnos su espacio.
Debo decir que me gusta el título de nuestro encuentro: “Música para todos y cada uno”. Parece un pleonasmo, una redundancia, pero no lo es. Entre el todos y el uno se separa claramente el mundo masivo del mundo personal; el mundo colectivo del individual; en otras palabras: el mundo de la radio y el bar, del de la habitación y el automóvil. Porque hay música para todo momento y música para ciertos momentos; porque hay música que es arte y otra que sólo es entretenimiento. Una diferencia que en México no tenemos muy en claro gracias a que tantos intérpretes, conductores, locutores y ejecutantes se hacen llamar “artistas”, y gracias a que muchos creadores verdaderos jamás utilizan la palabra de tan pobre y tan golpeada como está. En fin. Quienes estamos hoy aquí, quiero suponer, tenemos un compromiso con la música como fin de sí misma, como expresión fundamental aun y cuando unos nos dediquemos al rock, otros al jazz y otros a la trova; aun y cuando unos hagamos música y otros fabriquen o pongan al aire nuestros discos.
Así pues, hablaré brevemente de los tres objetivos de hoy (los medios y la difusión, la piratería y las disqueras), apegado a mi experiencia personal como músico o periodista, pero no a la especulación de quien nunca sale a la batalla. Es decir que me siento con el derecho de contarles una de muchas verdades, pero no la única.
Sobre la promoción y la difusión en los medios de comunicación…
Yo creo en la música sin importar la interpretación o el apoyo que hagan los medios de comunicación. Tengo una relación con ella que no se basa en la aprobación de las mayorías. Me pasa lo mismo con las películas o los libros. Para tener esa tranquilidad, como músico o como melómano, hay que crear o escuchar un buen medio de difusión, tu propio medio de comunicación. Porque una cosa es quién esparce o difunde la información, y otra quién la muestra.
Está claro que los intereses que encadenan a las grandes estaciones de radio y televisión con las disqueras no permiten la entrada de un espectro musical variado. Si son sólo unos pocos artistas prioritarios los que venden más de 100 mil discos y llenan foros de gran capacidad, para qué desgastarse impulsando nuevos talentos, para qué arriesgar el espacio que pagan los anunciantes en pos de sonidos ajenos a la tendencia general. Fenómeno que se reproduce tanto en medios electrónicos como impresos, el de la discriminación ha degenerado en cínica esclavitud, pues ahora esa “otra música” tiene que arreglárselas por su cuenta… pero ¿saben? Eso me da gusto. La historia demuestra una y otra vez que no hay mejores inventos ni mayor evolución que los que nacen ante la represión.
Con o sin medios de comunicación, con o sin medios de difusión, los grupos y la música van a seguir existiendo. Además, siempre habrá medios y periodistas genuinos. Y otra cosa interesante: gracias a esa cerrazón mediática, la gente común va asumiendo poco a poco que debe iniciar una búsqueda que la enriquezca en lugar de esperar a que todo le llegue masticado. Eso nos da muchas esperanzas.
El segundo objetivo de hoy tiene que ver con la posición de los músicos en torno a las disqueras.
Está de moda usar la palabra “independiente”. Antes era underground o alternativo... Siempre hay un concepto que encierra novedad. Lo curioso es que parece no importar si al inicio de un proyecto discográfico un grupo depende de capitales ajenos, de ingenieros y equipo técnico, de colaboradores externos para el diseño (arte, sitios de internet), de distribuidores, de promotores, de maquiladoras, de tiendas de discos, de foros y teatros, de gente que planee la promoción con los medios de comunicación... Pareciera pues que el término en sí otorga sus atributos gratuitamente a quien lo usa: “somos un grupo independiente, una disquera independiente, un artista independiente”. Y así, imaginando a los creadores en su burbuja flotando libre y valerosamente, muchos periodistas y fanáticos dicen “¡órale, qué buena onda!”, y preguntan: “¿qué se siente trabajar desde la independencia, batallar contra los paradigmas impuestos por la diabólica industria del entretenimiento?”; y otros dicen: “¿qué tan difícil es sobrevivir haciendo música no comercial?”… A ver… Vamos por partes.
En primer lugar es imposible ser completamente independiente. Los cómplices —o simples intermediarios— que aparecen en el camino trazado desde el origen de una canción hasta un reproductor de compactos son tan numerosos que podrían poblar una isla perdida del Pacífico. En segundo lugar, quienes ofrecemos un disco en una tienda o en un concierto a cambio de dinero ingresamos automáticamente en la industria, nos volvemos comerciales, queremos vender (lo que no significa que sacrifiquemos creencias estéticas o ideológicas en favor del negocio masivo).
En segundo lugar, más que hablar mal de las grandes disqueras, hay que plantear posturas funcionales, aunque es claro que los sellos transnacionales de México tienen gran parte de la culpa de la decadencia del disco por no saber romper sus inercias. Son capaces de plantear el mismo plan de medios para Luis Miguel que para un grupo de rock sin tomar en cuenta la diversidad de mercados; son capaces de comprar con regalos a quienes deciden la entrada de productos de las grandes tiendas; son capaces de pagar payolas mensuales y viajes y lujos a los responsables de las programaciones radiales; son capaces de eso y más… pero nunca lo van a aceptar públicamente. (¿Se acuerdan del pobre tipo que habló de la payola en una conferencia de Universal Music? Terminó si t6rabajo al día siguiente.)
El tercer y último punto de hoy tiene que ver con la piratería.
La piratería no es buena o mala en sí misma, es el producto natural e inevitable de una combinación peligrosa: tecnología y pobreza. Tecnología suficiente para copiar y comprimir formatos musicales, pobreza suficiente para no pagar tres días de salario mínimo por un disco. Así las cosas, resulta imposible separar al criminal del inocente, pues en este juego el primero ayuda al segundo, tal como pasa con los narcotraficantes y sus peones de cultivo. Uno se hace rico mientras el otro sobrevive y, mientras éste sobrevive, el otro sigue enriqueciéndose.
Círculo vicioso, el de la piratería no podrá romperse si no se combate paralelamente la corrupción, si no se le explica a la gente cómo viven los músicos de principios de milenio (de la chingada), si no hay más y mejor empleo. Mientras esto suceda, yo sería incapaz de criticar a un taxista que paga 160 pesos de cuenta diaria en un turno de 12 horas, y que necesita, para sobrevivir, escuchar un disco con 300 rolas en mp3; porque sí, finalmente la música es un derecho al que todos deben acceder, tal como si se tratara de leche, pan o tortillas, productos básicos de consumo. Lo importante aquí es subrayar algunas actitudes que sí son criticables:
1.- La de quienes pueden pagar discos originales y prefieren la piratería como un modo de vida cotidiano, aceptado, en el que el artista afectado está demasiado lejos de la realidad: es sólo un nombre.
2.- La de las autoridades, que ven en los derechos de autor un problema menor del cual se ocuparían si estuvieran resueltos muchos otros asuntos prioritarios (mismos que tampoco solucionan).
3.- La de las grandes disqueras que, en lugar de bajar sus precios y pensar en fórmulas más ahorrativas de producción, distribución y venta, prefieren subir aún más sus precios bajo la fórmula de: “mientras menos venda, venderé más caro”; en lugar de la antigua premisa de: “a menor demanda, menores precios”.
4.- Y finalmente, la de los medios que, lejos de investigar e informar sobre una situación compleja, prefieren lavarse las manos echándole la culpa a la autoridad y al consumidor.
Lo cierto es que, como me dijera una vez un músico al que admiro mucho, es posible que suceda un Renacimiento de la música en vivo, en concierto, debido a la baja venta de discos (los músicos tienen que salir de la trinchera a ganarse el pan cara a cara con la audiencia, en lugar de descansar en sus derruidos palacios); esto ocasionaría que se abrieran más foros y que la gente pudiera comprobar quién verdaderamente canta y quién simplemente sueña que canta… (como pasa en nuestra terrible televisión dominical). Tales cosas ya están sucediendo en el rock, y llevan años sucediendo en el jazz y en la trova, por ejemplo.
Finalmente, quiero decir que sostengo estas verdades luego de estar firmado por diferentes disqueras, luego de trabajar en decenas de medios impresos, luego de convivir con periodistas y luego de darme cuenta de que muchas de las actividades básicas en la existencia de un grupo… las puede realizar uno mismo.
Así pues, ser autosuficiente no significa vivir aislado negando las estructuras existentes sino comprometerse mucho más con el producto de nuestro trabajo, siendo congruentes y esforzándonos para aprender de los errores, evolucionando no sólo como creadores sino como empresarios de ese changarro que somos nosotros mismos, pues no hay mejor aliento que aquél que proviene de la adversidad, ni mieles más dulces que las del propio esfuerzo.
Muchas gracias.