Por Fernando Paredes es de LOS OTROS
El escrito anterior me hizo recordar que, en ese mismo viaje a Veracruz, también trabajé de mesero en un table dance.
Un mes antes me encontraba en mi casa, a más de 5 mil kilómetros del Puerto, platicando con José Luis, un amigo loco como pocos y borracho como ninguno. Le decía yo que quería irme a Xalapa (capital de Veracruz) para intentar vivir allá de las letras.
- Acá nunca va a pasar nada – decía yo con medio litro de ron adentro -. En cambio allá sí hay chance para vivir de esto.
Decía aquello sin tener conocimiento alguno de las oportunidades que podrían existir en Xalapa. Simplemete había escuchado algunos comentarios de teatreros que me caían mal y visto un reportaje de la ciudad por la tele.
José Luis estuvo de acuerdo en todos mis razonamientos y acordamos irnos juntos de viaje hacia tierras tropicales borrachas de sol.
Una semana después yo no me acordaba de aquella plática, ni de mis ganas de irme a otra ciudad. Sonó el teléfono y era José Luis:
- ¡Ya estoy acá, cabrón!
- ¿Dónde?
- ¡En Xalapa!
- No mames.
- Le robé cinco mil pesos a mi papá y ya tengo casa. ¿Cuándo llegas?
Llegué diez días después. El trayecto (12 horas en camión) fue lo mejor: del bajío mexicano a la zona del golfo, el país se muestra como lo que es: un hermosísimo monstruo. Llanuras, desiertos, bosques, el DF, espesuras, razas, selva, volcanes...
Cuando llegué, José Luis estaba preocupado:
- Oye – me dijo -, ¿traes dinero?
- Sí, ¿por qué?
- Tú pagas la siguiente renta ¿no?
Lo que él había llamado “casa” no era más que un cuarto individual dentro de una privada.
- Sí, no hay problema... ¿ya te acabaste lo tuyo?
- Me quedan como doscientos pesos.
- ¿Y ya conseguiste trabajo?
- Mañana me responden de uno que fui a ver hoy.
Creo que los días de José Luis duran varios cientos de horas, porque ese “mañana” no llegó sino hasta tres semanas después.
En el interín yo me dediqué a conocer el lugar y a llevar varios textos a periódicos de la localidad. Conseguí trabajo (por supuesto, de mesero) en un bar karaoke y me enteré de que los sueldos eran los más bajos del país.
- ¿De dónde eres? – me preguntaban cuando les decía que doscientos pesos semanales no eran buenos para nada.
- De Aguascalientes.
- ¡Ah!, es que allá los servicios son muy caros. Acá el agua es prácticamente regalada.
Traté de explicarles que no sólo de agua vive el hombre, pero en todos y cada uno de los trabajos que solicité me respondieron lo mismo:
- Nadie te va a pagar más.
Y tenían razón.
Los días pasaban y yo odiaba cada vez más a José Luis. Por las noches roncaba como un maldito cerdo en sacrificio. Sufre de falta de retención por lo que me la pasaba en vela cuando él, una y otra vez, prendía la luz para ir a orinar, una y otra vez. También sufre de caída multitudinaria de pelo, por lo que mi catre, a un lado de su cama, amanecía tapizada de vellos ondulados y demás formas capilares. Pagué sus tres comidas diarias hasta que opté por llegar a la casa bien cenado.
Un día le dije:
- No me dejas dormir con tus pinches ronquidos.
- Pícame las costillas para que me calle.
- De acuerdo.
Esa noche, cuando comenzó a roncar, me preparé para hacérselo saber. Le piqué las costillas, primero, con la punta de los dedos. Luego, cuando vi que no funcionaba, se las piqué con los nudillos, haciendo más fuerte la presión. Tampoco sirvió. Terminé golpeando a puño cerrado las costillas de José Luis que nunca despertó... ni dejó de roncar.
Tampoco había logrado que me publicaran ni una sola línea y, en esos momentos, yo estaba dispuesto a mandar todo a la mierda.
Pero José Luis llegó con la buena nueva.
- ¡Ya conseguí trabajo!
- ¿Dónde?
- ¡En un table dance!, jar jar jar. ¡De barman! Jar jar jar.
Era un milagro.
Siendo un trabajo nocturno, yo pude descansar por fin. Dormía como bebé y me despertaba temprano. Durante una semana vi llegar a José Luis silbando, riéndose solo y oliendo a brandy. Se le veía muy contento.
Decidí incorporame al equipo de trabajo de “Milenium Men’s Club”.
Junto conmigo, esa noche entraron dos tipos más a trabajar. Al parecer solicitaban ayudantes los 365 días del año. El trabajo comenzaba a las 7 de la noche y terminaba a las 7 de la mañana. Doscientos pesos semanales. Mas propinas.
Yo me creía en el lugar exacto para la inspiración de un escritor: un congal.
Lo primero que nos pusieron hacer a los otros dos y a mí fue limpiar un cuartito lateral, sin techo, que olía bastante extraño. Los tres barríamos sin saber qué era lo que recogíamos. Antes de terminar, entró (¿salió?) uno de los jefecillos y se puso a orinar como si nada contra la pared. ¡Mierda!
Sí, era mierda lo que estábamos barriendo.
Se nos informó: “No pueden platicar con las muchachas. Aquí vienen a trabajar, no a putear”.
Las muchachas estaban buenísimas, como debe ser. Una docena de mujeres con todo el equipo muy bien acomodado e irresistiblemente mordible.
José Luis tomó su lugar tras la barra y yo fui asignado a atender una zona de mesas cerca de la pasarela. Era sábado y todos sabíamos que pronto aquello estaría a reventar.
Salían en este orden: Sheila (chaparrita apiñonada, con culo de campeonato), luego América (otra chaparrita con piernas perfectas), luego Azul (una potranca de pelo negro con el par de tetas más sabroso que han visto mis ojos), luego Habana (una cubana negra, verdadera erección andante), luego Marina (una panameña con cara de “cojo con todos al mismo tiempo”), luego Verónica (monumento de piel blanca que parecía hija directa de algún rey europeo), luego Linda (que, con cara de niña, era la que más prendía al respetable: hacía el split y se introducía la boca de una cerveza por la vagina para luego sacársela y ofrecerla a algún afortunado que bebía el contenido de un solo trago), luego... no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo fue que no hice caso a la orden de no platicar con ellas. Cosa que me ha servido hasta la fecha cuando voy a un table dance, porque sé que lo que todo mundo les dice es más o menos esto: “Tú no deberías trabajar aquí. Con ese cuerpo y esa cara podrías tener lo que quisieras. Además eres muy simpática. Yo mismo te mantendría sin ningún problema”. Es decir, todos quieren sacarlas de “esa vida”.
Error.
Si están ahí es porque: 1) ganan más que en cualquier otro trabajo, 2) ellas son su propia empresa y 3) les gusta. Así que yo ahora les digo: “No te voy a decir que deberías trabajar en otra cosa, sino que agradezco a Alá que lo hagas tan bien”. Y se los aseguro: funciona.
Parte de mi labor era recoger la ficha. Es decir que los clientes pagaban un boletito que después me entregaban a mí para que le llevara a la mesa a la odalisca de su elección.
La más solicitada era Habana.
Comprobé que entre más viejos nos hacemos más marranos somos. Un grupo de ocho tipos mayores de cincuenta fueron quienes más gastaron en bailes sobre la mesa, privados y copas para las damas. Yo me sentía Toulousse Lautrec ante aquellos cuadros.
Atendí de todo. Desde un par de chamagosos que no consumieron más que dos cervezas en toda la noche, hasta a un par de tipos déspotas que acabaron tan ebrios que los tuvimos que sacar cargando. Borrachines de barrio y borrachines de alcurnia. Todos igual de bestias.
Al lugar también podían entrar mujeres. En una mesa se sentaron dos parejas. Uno de ellos me llamó con boletito en mano. Cuando me acerqué escuché que su pareja le decía muy enojada:
- ¡No Alfonso! ¡Me voy, te juro que me voy! ¡Alfonso, es en serio!
Alfonso la ignoró y me ordenó:
- Traite a la negrita.
Les llevé a Habana y la ayudé a subirse a la mesa. La mujer estaba tan disgustada que volteo la cara para no verla. Tuve que atender otra mesa y no fue hasta algunos minutos después que volteé nuevamente hacia allá. Y lo vi: Habana estaba empinada y mostraba su hermoso culo negro a la que antes había reclamado, pero ahora no sólo no reclamaba sino que ¡le besaba las nalgas llenándola de lengua!. El cabrón y la otra pareja aplaudían felices de la vida.
Naturaleza humana.
En fin, como a las 6:30 de la mañana salió el último cliente, más dormido que despierto. Para esas horas las bailarinas se negaban a dar un paso más. “Dile que se vaya a la chingada”, y ahí iba yo a decirle al cliente: “Dice que está cansada”.
El dueño nos llamó a todos (unas veinte personas) para dar el sueldo. Ya era domingo. Horas antes lo había visto contar fajos y fajos y fajos de billetes. Era un gordo con cara de infante alcohólico y comenzó diciendo:
- Recuerden que mañana hay que ir al hotel para hacer limpieza general.
- ¿Cuál hotel?- le pregunté a José Luis.
- Tiene un hotel donde duermen todas las viejas.
Hijo de puta, fue lo que pensé.
Su repartición de dinero fue criminal.
- Toño... tú me debes setenta pesos por lo de las comidas... Raúl... tú no has repuesto lo de los vasos que rompiste... Humberto... tu ni siquiera alcanzas sueldo esta semana... Rubén... te presté cien pesos... José Luis... ¿cuántas botellas me debes?
Y así siguió repartiendo las restas de aquella miseria.
Cuando me tocó a mi, el cerdo dijo:
- ¿Cuándo entraste?
- Hoy.
- ¿Cómo trabajó? – le preguntó al que había orinado en la pared.
- Normal... es bueno.
- Está bien – y sacó el billete de doscientos pesos. Me lo dio y dijo: Mañana quiero verte con ese pelo recortado.
Me hice de enemigos en ese mismo instante.
Por supuesto no fui al hotel para hacer limpieza. Tampoco fui otra vez a trabajar. La había pasado bien aquellas doce horas dionisiacas y me habían pagado lo justo.
Dos días después nos fuimos con dirección al Puerto de Veracruz. Esperamos el momento en que no hubiera personal administrativo en la privada en que vivíamos y nos largamos sin pagar la renta que debíamos.